Estás en Biblioteca
Contrainformación
No podemos seguir pensando en la contrainformación como lo
hacíamos en los años setentas. No podemos centrar los esfuerzos de
nuestros fancines, libelos, radios -y mucho menos la utilización de
internet- con las premisas que se manejaban entonces. No son suficientes
y en ocasiones se convierten hasta en un complemento necesario para la
legitimación de las redes de información -o de la red de
"comunicación"-
oficiales.
No podemos
pensar que contrainformar hoy sigue siendo dar voz a la "mayoría
silenciosa"; dar voz a quienes las grandes multinacionales de los media
no se la dan. Hoy son esas mismas empresas las que para sostenerse se
han convertido en la mejor simbolización de la legitimidad del sistema
(mucho mejor que los parlamentos, los sindicatos u otras instituciones
que sólo son piezas necesarias para la justificación de esta
portentosa máquina de producción de sentido, de producción de
realidad).
No podemos seguir pensando que se trata de desenmascarar las
informaciones falsas producidas por los media; ni siquiera de
producir nosotros noticias con los datos que han sido cuidadosamente
ocultados. El proceso emancipatorio que hay bajo estos planteamientos ya
ha sido actualizado. Las cadenas oficiales se esfuerzan en legitimarse
dándoles la voz a l@s espectador@s, oyentes o lector@s segur@s de que
ést@s actuarán como espejos del universo simbólico que ellos
están
creando (creándolo muy especialmente en el acto de preguntarnos o de
ofrecernos sus canales de "participación") constantemente. La
"comunicación" navega entre símbolos que se quieren totalizadores y
totalizantes, navega entre las consignas emitidas por los distintos
centros de la red simulando las aparentes diferencias que son
constitutivas de su función reproductora y que nos arrojan a una soledad
incomunicable en la que todos somos emisores y receptores de lo
mismo.
Ya no se trata del problema de la verdad o la falsedad, sólo disponemos
de los datos de que disponemos y son los mismos para todos. El
desenmascaramiento de la estrategia de dominio que se lleva a cabo a
través de la difusión de una consigna como por ejemplo "No a la
actual ley de extranjería" no es necesario, salta a la vista para
cualquiera que quiera verlo, forma parte de la imprescindible dosis de
hipocresía con que la máquina se reapropia de los flujos de sentido que
tenían tendencias centrífugas poniéndolos a trabajar a su
servicio.
Si desenmascarar a los promotores de dicha consigna como presos que
empujan a otros presos a las cámaras de gas ganándose con ello una
parcela en la representación del poder puede tener alguna "gracia", ésa
es la de generar complicidades entre los que leen o escuchan la crítica
que desvela lo no velado, la triste complicidad en la crítica que
desvela lo evidente; pero en esta inútil tarea hay un "desgraciado"
peligro, el peligro de que nuestra crítica esté cargada de
resentimiento, de que esté todavía enunciándose desde una lectura
dialéctica entre buenos y malos que sólo nos aboca a la impotencia. No
es una crítica sobre la verdad y mentira en los medios de "comunicación"
lo que puede afirmar la diferencia, sino una crítica de lo que hacemos
cuando estamos haciendo contrainformación (del performativo en la
contrainformación) la que permitirá a nuestras fuerzas activas ir hasta
el límite de sus posibilidades. Hay una actividad desconstituyente
bullendo en en embrollo mismo del
lenguaje hablado. Una fuerza unilateralizante que le permite estar vivo
a pesar de los esfuerzos de homologación que se hacen desde el nihilismo
pasivo en que habita la generalización simbólica de los media. Hay en la
coloquialidad unos flujos de sentido que se escapan del magma viscoso de
repetición de lo mismo. Es esa misma irreductibilidad de la vida que
quiere vivir, que quiere escapar de la insoportable soledad
autosatisfecha en sus reverberaciones la que nos coloca frente a la
acción informe de lo facticio; en esa acción nos encontramos haciendo
radio, libelos, colectivos, okupaciones, fancines, etc. Nos encontramos
en la facticio haciendo lo que se hace mientras la acción se está haciendo,
haciendo arte (generalmente de "clochard", arte sucio,
copiado, efímero) y en esta situación ya no nos preguntamos como los
clásicos ¿qué hacer?, sino ¿por qué y para qué hacemos lo que
hacemos?
(rumorosas espigas acunan nuestros sueños).
Si como hemos intentado dejar claro ya no nos mueve una pretensión
emancipadora ni una intención de liberarnos de alguna forma de
alienación, si hoy ya somos todos sujetos bien constituidos y sólo
nuestro abandono al sucio arte de perdernos para afirmar los
agenciamientos colectivos de los que renuncian a su identidad nos
permite vencer la prueba de la soledad; si esto es así, lo es porque
hemos comprendido que hoy contrainformar es ejercer "comunicación"
contra "comunicación".
Intentaremos aclarar esto último. Las informaciones codificadas que
circulan en la red mediática constituyen un mundo pretendidamente
uniforme en el que establecen relaciones especulares (muy especialmente
cuando toman la apariencia de desacuerdos o enfrentamientos) donde se
diluye en simulación cualquier forma de conflicto y donde se desactivan
(normalmente apropiándose de ellas) las simbolizaciones que, escapadas
de la red, podrían mostrar el fracaso de su pretensión totalizante.
Presentan un mundo que es como un gran estómago perfecto en su elástica
fagocidad, capaz de apresar en sus dobleces incluso sus propios
escapes; sin embargo cuando estos escapes consiguen
configurar flujos de sentido mediante agenciamientos colectivos
dotándose de símbolos mutantes, la digestión del gran estómago
está siendo ulcerada. Nuevas formas de sociabilidad o, mejor, por fin algunas
formas de sociabilidad gestándose entre los pliegues ulcerados empujan
bolsas no fagocitables hacia la gargante del monstruo frío que vomita
antes de devorar sus heces.
La contrainformación hoy, ha de ser capaz de cohesionar las relaciones
entre estos mundos otros; mundos al margen que utilizan los saberes de
que se sirven los media para producir sentido y "comunicación"
precisamente para producir el retorno de la diferencia de lo mismo,
producir flujos de sentido que permitan una "comunicación otra", no
fagocitable.
Si están talando el bosque, aprendamos a vivir como orugas, como ratas,
como pulgas.
Que las posibilidades de estos mundos crecieran como bolas de nieve
rodando abajo por un montañoso desierto nevado no parece fácil (ni,
acaso, tampoco deseable) pero que su proliferación comunicando
comunicabilidad a través de símbolos mutantes (siempre nuevos en su
habilidad para deslizarse sin identificarnos, sin ser desactivados,
tragados) sea capaz (a pesar de estar también valorizando aspectos del
mercado en que se producen) de subvertir el orden todo, no está demostrado que sea
imposible y constituye una apuesta que merece la pena
aunque sólo sea por el gusto de ver la indigestión rabiosa del señor de
las identidades y sereno patriarca de la repetición de lo
mismo.
Que en estas expresiones retorna la misma diferencia nos habla de lo
irreductible de su contenido. Gritamos esta voz como nueva consigna
seguros de que siendo la misma de siempre, es la esencia de la
diferencia; (no es poco sentirse afectado por el rumor de sus
espigas). Nuestro sueño es real, más real que la realidad
misma.
Versión para imprimir
|